La trasmisión del saber en el Islam

La trasmisión del saber en el Islam

Autor: A. M. M. //  Desde sus comienzos, la comunicación del Islam tuvo como pilares la suhba (la compañía) y el adab (la cortesía). Llama la atención que a los hombres y mujeres que siguieron a Rasûlullâh (s.a.s.) se les llamara sahâba (compañeros), y no discípulos. La relación que Rasûlullâh (s.a.s.) estableció con ellos no fue la de un maestro rodeado de atentos oyentes, sino la de quien construye una nación, una civilización, que tuvo desde el principio fieles colaboradores que se sumaban a ese propósito, y en ese proyecto iban recogiendo la sabiduría que de él (s.a.s.) emanaba y que luego trasmitieron, de igual manera, a sus continuadores (los tâbi’în), y éstos a los suyos (los tâbi’î at-tâbi’în, los continuadores de los continuadores), constituyendo ese total el salaf, las tres primeras generaciones del Islam, nuestros antecesores, y que son, desde entonces, el referente de los musulmanes.

La suhba, la compañía, significa inmediatez en la comunicación y preferencia por la oralidad. Implica que se opta por el encuentro directo y abierto, en el que no sólo hay trasferencia de datos sino prolongación de bendiciones, es decir, de contenidos enriquecedores sutiles que están más allá de las palabras y las formalidades, que erigen filiaciones y establecen vínculos emocionales. Mientras viajaban, comían juntos, o cuando velaban por las noches, o en cualquier circunstancia cotidiana, Sidnâ Muhammad (s.a.s.) iba transfiriendo lo que le era revelado, lo que descendía hasta su corazón, siempre según las circunstancias y no de acuerdo a un programa de estudios acordado. Y su ejemplo (Sunna), su manera de practicar eso que le era revelado, su forma de hacer las cosas, su modo de mirar, de interpretar, comunicar y vivenciar la realidad o, incluso, de callar, era para sus compañeros, los sahâba (radiya llâhu ‘anhum), la materialización de lo que Allah quería de ellos, por lo que siguieron su ejemplo y guardaron en sus memorias y en sus acciones cada detalle, para luego pasarlo a las generaciones posteriores.

Todo ese inmenso material de experiencias fue celosamente custodiado y divulgado, con una fidelidad extraordinaria, de un modo que tenía raigambre en tradiciones de comunicación anteriores al Islam pero desarrolladas en extremo y con un espíritu crítico digno de elogio. Y es que lo primeros musulmanes fueron conscientes de ser testigos de un acontecimiento excepcional y del que pasaban a ser depositarios para ser, a su vez y simultáneamente, como ya se ha adelantado, sus transmisores, comenzando irradiantes cadenas de comunicación ininterrumpidas que llegan a nuestros días. Junto a ello hay que recordar que los sahâba (radiya llâhu ‘anhum) no eran personas anónimas. Tenemos abundante información sobre ellos y ellas, porque dejaron su impronta. Nos encontramos en todos los casos ante personalidades poderosas -hombres y mujeres-, que tomaban iniciativas y decisiones, que comprendieron la trascendencia de su momento, y fueron protagonistas, sin miedo a equivocarse incluso en las situaciones difíciles y arriesgadas a las que conducía inexorablemente el crecimiento fulgurante y vertiginoso del Islam.

Esas personas nada mojigatas, de carácter sólido, fraguadas en el desierto, en la sobriedad de quien no se deja engañar por espejismos, austeras y guerreras, se sobrepusieron a las simples apariencias y supieron reconocer la especificidad de Sidnâ Muhammad (s.a.s.), y se convirtieron en sus testigos y se hicieron sus compañeros, lo siguieron en su emigración y lo auxiliaron, mientras aprendían de él (s.a.s.) y se trasformaban, que era lo más importante para ellos: recoger lo que brotaba de ese centro desbordante de la existencia (s.a.s.) intuyendo que los conducía y los ligaba a la eternidad. Y, además, sin discriminar, sin hacer intermediar criterios personales, ni ideaciones ni valoraciones subjetivas: tan importante era lo más pedestremente cotidiano como lo que podía tener más calado espiritual o un mayor alcance social. Lo extraordinario, lo único, lo es en todos sus aspectos y manifestaciones.

Todo ello acompañado de una exquisita cortesía (adab). El Profeta (s.a.s.) enseñaba que el Islam -todo el Islam- es cortesía, y cortesía significa reconocer el valor de algo y mostrarle la deferencia que merece. Las reglas de la cortesía atañen a la valoración del saber en sí mismo, la relación con el maestro y la fraternidad entre iguales, limando en lo posible las asperezas. El respeto, la fidelidad y la lealtad eran condiciones para que la trasmisión de la ciencia no fuera una simple comunicación de datos sino una vivencia constante y eficaz. Y como trasfondo, la conciencia de la necesidad de una trasformación interior activa que acompañaba al proceso de enseñanza y aprendizaje, pues sin ella la ciencia carece de objetivo, virtud y mérito. Y esa trasformación exigía que saltaran chispas, que el roce provocara tensiones en las que medirse y medir la propia sinceridad. Y por ello, desde entonces, la noción de ‘ilm, la ciencia, va aparejada a la de ‘amal, la acción en conformidad y coincidencia con lo que se aprende, su aplicación. Y de ahí surge la imagen poderosa del ‘âlim ‘âmil, el sabio que actúa en consecuencia. Y entonces la ciencia no es un simple conjunto de datos e informaciones, sino que es también ma’rifa, un saber trasformador, y hikma, sabiduría, siendo la sabiduría el saber en acción.

La exigencia de la trasformación con el saber impone un trabajo sobre el alma tras conocerla en su intimidad. Algo de lo que los maestros musulmanes tenían por seguro desde los comienzos del Islam era que el que aprende algo, inevitablemente lo contamina con su forma de situarse en el mundo, con su cultura y sus perspectivas. El de natural agresivo escoge entre lo que aprende y lo interpreta de acuerdo a su inclinación, e igual hace el envidioso, el arrogante, el esnob, el pretencioso, el frustrado con el mundo, el avaro, el pusilánime,… todas nuestras pasiones y excusas están presentes a cada instante y dan forma última a lo que se percibe. Saber es posicionarse acompañado de lo que uno es. Y en la actualidad, el agudo complejo de inferioridad de los musulmanes, la desorientación, la subalternidad, el subdesarrollo intelectual y moral -resultados de una historia reciente devastada- sin duda e inevitablemente, dictan el modo en que acogemos e interpretamos el Islam colectivamente. De ahí la importancia del sulûk, la conducta, que debe ser corregida para desarrollar la nitidez y la clarividencia que permiten acoger los conocimientos sin distorsionarlos, y es entonces cuando son operativos y se convierten en guías determinantes. Y de entre esos saberes, los más importantes son los relacionados con el Dîn, es decir, las ciencias del Islam, por sus colosales consecuencias en la vida de cada musulmán.

La ciencia es lo contrario a la arbitrariedad y el capricho, lo opuesto a la banalidad de los pareceres personales y las excusas. Por ello, Sidnâ Muhammad (s.a.s.) asentó definitivamente en la conciencia de los musulmanes la valoración positiva del conocimiento y de la racionalidad, y predicó la necesidad de su difusión a la vez que condenaba categóricamente la ignorancia, la irracionalidad, el acaparamiento del saber, o su manipulación. Sin embargo, aunque ensalzó a los que saben frente a lo que actúan sin conocimiento de causa, no por eso no instauró una iglesia que monopolizara el saber ni creó una élite de sabios, sino que favoreció que existieran sabios, y a éstos (a los ‘ulamâ, a los sabios) les impuso la obligación de enseñar. La ciencia es considerada una virtud y un mérito, pero también una pesada carga de la que nadie se libra hasta que la ha comunicado. Y como plasmación de esto, no dudó en liberar a los prisioneros de guerra letrados que se comprometían a enseñar a los niños musulmanes a leer y escribir.

La comunicación del saber (tablîg) está en la esencia misma del saber, forma parte de él, porque el saber exige expandirse. Pero ésta, su divulgación, debe hacerse con responsabilidad. “Hablar a la gente en la medida de su capacidad intelectual” es una máxima musulmana que significa respetar al otro. Por eso se diferenció entre el mínimo imprescindible para todos y los máximos para especialistas. A nadie puede exigírsele más de lo que demanda su predisposición y su deseo. Y de ahí que en la historia del Islam surgieran muy pronto el interés y la preocupación por la pedagogía, y se redactaron obras originales en las que se continuaba y se profundizaba en las experiencias, en ese ámbito, de maestros anteriores… El mínimo es sobre lo que hay acuerdo unánime, lo que permite a todos convivir como musulmanes, el lenguaje común. Lo demás, es deseable y es plenitud, pero no es una condición. Y es porque exigir más invita al fanatismo, a tomar partido en disputas académicas que, planteadas así, no sirven más que para difundir la discordia y el gusto por la banalidad de las polémicas, e incluso lleva a consecuencias terribles. Eso lo vemos mucho en la actualidad: hay más interés por ganar adeptos que en difundir el saber, en dar charlas (durûs) más que en enseñar, en manipular más que en orientar, y se prefiere la exhortación y se deja completamente de lado el planteamiento serio de las cuestiones. El Islam es instrumentalizado, y ahora sí existen élites, una especie de sacerdocio, informe pero fomentado desde diferentes intereses, con un gran calado proporcionado por los medios tecnológicos y la globalización. Pero esto se debe a la profunda desestructuración del saber en el Islam, fruto de la desarticulación social y la desorientación en medio de cambios acelerados.

Y puesto que la herramienta del saber es la reflexión, tanto en el Corán como en la Sunna se insiste en la necesidad de pensar, meditar, deducir, debatir, comprender, analizar,… Y esto no cayó en saco roto. Es tal la insistencia que los expertos en Derecho islámico han considerado siempre que la reflexión (nazar) es la primera y principal de las obligaciones (awwal fard) de todo musulmán y musulmana. El Islam no pensado, al menos mínimamente, carece de validez y proyección, y se duda de la sinceridad de la fe de quien no la razona, aunque sea a base de sencillas intuiciones lógicas. Esta apreciación positiva del saber y los medios por los que se alcanza es otro de los pilares sobre los que se cimenta la trasmisión del conocimiento en el Islam.

El dalîl, la prueba que tiene poder de demostración, es requerido para todo lo que se pretenda que tenga valor general entre los musulmanes. El máximo dalîl es el Corán, y luego viene la Sunna, y sobre el valor de otros indicios hay discusión entre los especialistas (el consenso, la analogía, el interés social, etc.). Esto quiere decir que lo que congrega a los musulmanes son los textos del Corán y el Ejemplo del Profeta (s.a.s.). Para llegar a acuerdos sobre su interpretación se forjaron criterios lógicos tras un estudio riguroso de la lengua árabe y de la retórica, de modo que se pudieran sacar conclusiones cuya validez suscite las menos dudas posibles. Todo ello originó las Ciencias del Islam, que tuvieron una enorme repercusión, porque eran muy necesarias para evitar la dispersión… Esa Ciencias ganaron la consideración y el respeto de los musulmanes, por su excelencia, por ser resultado de un gran esfuerzo intelectual, y por la seriedad de los que las forjaron. Por tanto, el Islam no es tradicional, es decir, no consiste en imitar a los ancestros, sino en buscar el dalîl, el argumento con validez común que respalde lo que se ha decidido que es verdad o lo que hay que hacer en determinadas circunstancias.

Llevado a su extremo, el esfuerzo intelectual (iŷtihâd) es un mérito que convierte a quien lo realiza con rigor y éxito en imâm, en líder de la comunidad. Por supuesto, de forma espontánea, de esto surgirían, en todos los campos del saber islámico, pareceres distintos, escuelas diferenciadas, interpretaciones basadas en premisas opuestas, y todas son válidas y legítimas mientras se atengan a la seriedad y la sensatez y no sean resultado de subjetividades o pasiones, y pasan a formar parte de un acervo común, en cuyo centro está el derecho a la discrepancia (ijtilâf). Por supuesto, la aparición de toda nueva corriente o escuela es un parto traumático porque implica una impugnación, y cada una de ellas tuvo acérrimos defensores y enconados enemigos, hasta que el devenir la integraba en el flujo del Islam. Esa pluralidad (tenida por manifestación de la misericordia de Allah entre los musulmanes, pues en el Islam no se da la uniformidad) -y éste es otro de los pilares en la comunicación del saber- es válida y digna mientras no degenere en fanatismos y cerrazones que lleven a la dispersión (tafarruq), al desgaste inútil en querellas banales y polémicas estériles.

Una cuestión que distorsiona lo dicho en el párrafo anterior en nuestros tiempos es la mitificación que se ha hecho de la unidad de los musulmanes, expuesto como gran problema (como el gran problema) de nuestros tiempos. Ni existe ni ha existido, ni es deseable, la unidad como uniformidad, que es con lo que se la confunde en la actualidad. Es, simplemente, el reconocimiento del otro como musulmán lo que está en la base de una unidad sana, lo que fundamente una umma, una nación, en la que la sospecha no tiene cabida, y donde el saber es compartido en su riqueza y variedad. Sin embargo, los musulmanes nos hemos instalado en la cultura de la sospecha y la politización, que es el miedo a la diferencia y a la discrepancia, y ello es lo que ha dinamitado la conciencia hasta hacerla trizas y ha pervertido el Islam hasta hacer irreconocibles su belleza, exuberancia y logros.

Y otra de las depravaciones actuales consiste en haber convertido la cuestión del dalîl, la prueba, en un ridículo exhibicionismo en el que adolescentes empoderados o predicadores sin pudor pugnan por parcelas de poder ante un auditorio malformado abusando de los textos, entendidos superficialmente, sin contexto, sin reflexiones inteligentes, como armas arrojadizas más que como venerables testimonios del Islam. Este espectáculo bochornoso ha tomado carta de naturaleza en el Islam contemporáneo, de modo que puede decirse que la trasmisión del Islam sólo puede encontrarse en focos escasos, estando monopolizado en el resto de los casos por desaprensivos al servicio de ideologías perversas.

En la doctrina del Islam, el saber verdadero es el saber de Allah (‘ilm qadîm). La ciencia humana es contingente (‘ilm hâdiz) -como lo es el ser humano-, y no puede tener un valor universal y absoluto, y sólo es el intento serio y sincero por alcanzar la verdad. Y puesto que es una ciencia contingente y circunstancial, está sometida a cambios, a pareceres, a impugnaciones, a experiencias nuevas, y es obsolescente. Y todo eso es bueno y liberador. El saber concreto tiene validez por y para quien se lo ha propuesto y a quienes convence. Por eso, el pensamiento humano mejora o empeora, evoluciona, cambia, pues todo eso forma parte de su naturaleza, de su bondad y de su belleza. Y esta forma de asumirlo es rahma, es misericordia, porque posibilita y enriquece. Por eso se ha dicho que la discrepancia en el Islam es misericordia. Nada hay peor que el saber cerrado, último, esencialista y fascista, porque es enquistamiento de la mente, y no es nunca verdad.

Esa forma espontánea de trasmitir el saber acumuló una inmensa cantidad de materiales, pues cada detalle era importante. Y estimuló la curiosidad, de modo que los campos del saber se iban abriendo y ramificando, abarcando cada vez más matices. Las siguientes generaciones de musulmanes (el jalaf, los sucesores, desde el final del salaf hasta la actualidad) se impusieron la tarea de reunirlos, fijarlos, sistematizarlos y desarrollarlos, de modo que nacieron las ciencias formales del Islam, a las que se añadieron otras muchas ciencias, integradas en la necesidad de ampliar los conocimientos. Se realizó un enorme esfuerzo de criba y racionalización. Y en esos procesos los musulmanes también se atuvieron a esos dos pilares de la comunicación (la suhba la compañía, y el adab, la cortesía).

El crecimiento acelerado del Islam entremezcló etnias, culturas y sensibilidades distintas, en un vértigo de mestizaje en el que el elemento árabe se fue diluyendo definitivamente. El miedo a que el Islam original quedara desdibujado animó a ese trabajo de síntesis, y se hizo con un rigor que no tiene paralelo en la historia de la humanidad. Y en ello colaboraron, hombro con hombro, todas esas etnias, culturas y sensibilidades, enriqueciendo el Islam con aportaciones geniales. El concepto de ciencia, limitado al principio a las ciencias religiosas, se amplió para abarcar todo el saber humano posible, entendiendo que todo ello forma un conjunto en el que trascender para alcanzar la verdad última del Islam, y que es posibilitar. Se consideró que todos los saberes ayudan a entender el Islam y todos son herramientas para crecer espiritualmente. Por ello, y porque el Profeta (s.a.s.) no dejó jamás de insistir en la necesidad de la ciencia, sin limitarla, los musulmanes comprendieron que todas las civilizaciones podían aportar y beneficiar al Islam. Se crearon escuelas de traductores que divulgaron entre los musulmanes las ciencias que estaban entonces al alcance del hombre y surgieron genios en todas las ramas de saber, diversificándose la discrepancia enriquecedora.

Nada hay más lejos de esas nobles tradiciones que el enfermizo repliegue identitario que padecen los musulmanes en la actualidad. Ese repliegue ve su principal enemigo en esa antigua exuberancia de experiencias y conocimientos, y reconstruye un Islam a medida, imagen y semejanza de la mediocridad y las carencias del mundo árabe contemporáneo. No es éste el lugar para exponer las razones de ese deterioro, pero sí de advertir sobre la amenaza que supone para el frágil sistema configurado por el Islam para la trasmisión auténtica del saber más enraizado en su forma de ver, situarse y entender la existencia. Un sistema frágil porque se sustenta sobre una forma de relacionarse, una red acéfala de escuelas y sabios, unos presupuestos intelectuales ausentes en la actualidad, un contexto espiritual desaparecido en buena medida, todo simplemente regido por la voluntad y el deseo, que difícilmente resisten ante la agresión sistemática a la que se ve expuesto. Eso hace indispensables replanteamientos capaces de rescatar cuanto más mejor del legado islámico, revitalizarlo y darle proyección de futuro, antes de que su decadencia actual lo condene al descrédito y la definitiva desaparición.               

A. M. M.

Comparte este artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información básica sobre protección de datos

  • Responsable Comunidad Islámica Al-Ihsan .
  • Finalidad Moderar los comentarios. Responder las consultas.
  • Legitimación Tu consentimiento.
  • Destinatarios Comunidad Islámica Al-Ihsan.
  • Derechos Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional Puedes consultar la información detallada en el Aviso Legal.