La razón en el Islam

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La razón en el Islam

La razón (‘aql) ocupa en la tradición musulmana un puesto en extremo relevante… Esta afirmación entra en conflicto abierto con la percepción que podemos tener en la actualidad, cuando la irracionalidad más oscurantista parece prevalecer en los entornos islámicos. Sin embargo, no se pueden encontrar elogios más entusiastas a la razón que los que hallamos en los escritos y discursos que han representado al Islam durante siglos.

El respeto a la razón tiene raíces hondas en el Corán y la Sunna, las fuentes de la legitimidad que llaman constantemente al entendimiento prudente y profundo del significado de sus textos. Y no sólo de sus textos, sino que Allah y el Profeta hacen una llamada repetida al estudio, el análisis, la observación sabia capaz de entresacar deducciones del mundo y la existencia, asumiendo el error posible, y basar en ello la apertura del corazón a lo trascendente. Tan es así, que hubo prácticamente unanimidad en entender que la primera y más importante de las obligaciones de todo musulmán y musulmana es el nazar, la reflexión, literalmente la mirada indagadora para alcanzar la esencia de las cosas, de modo que quien no cumple con ese requisito es sospechoso de no ser realmente fiel al mensaje del Islam, aunque no pueda ponerse en entredicho su condición de musulmán o musulmana.

Como se ha adelantado, y aunque estas palabras puedan parecer a estas alturas un intento desesperado por hacer presentable un Islam que abiertamente es opuesto a la racionalidad y al sentido común en estos tiempos, sólo hay que echar una ojeada a los innumerables tratados al respecto a lo largo de siglos, desde los momentos iniciales del Islam hasta hace bien poco -tanto en el Corán y en la Sunna, así como en las obras incontables de los sabios musulmanes-, para darse cuenta de que la imagen actual del Islam no responde en absoluto a su realidad pasada.

Como indicaba el Imâm al-Gazali (r.), la razón -con la lógica como método- es el instrumento válido para alcanzar la ciencia. Y el conocimiento -enseñaba Rasûlullâh (s.a.s.)- es lo que anda buscando el musulmán desde su cuna a su tumba, y le vale ahí donde lo encuentre; y donde lo encuentre, le pertenece, porque el saber no es árabe, musulmán, cristiano o judío, sino que es humanidad: “La búsqueda del saber atañe a cada musulmán y musulmana“, “El saber es el bien perdido que persigue el musulmán; donde lo encuentre, es suyo“, “Buscad al ciencia, aunque tengáis que ir a China“… Y en respuesta a esta exigencia, los musulmanes se convirtieron en mestizos del saber, y reconocieron la genealogía de los saberes para no incurrir en ninguna bastardía. Las rutas comerciales que abrían o reabrían trajeron riquezas y ciencia al mundo musulmán, sin prejuicios ni remilgos. Tradujeron las obras de los antiguos y bebieron de ellas, haciendo que la civilización musulmana brillara y conociera su época dorada. Y de entre las ciencias de los antiguos que gozaron de especial estima estaba, precisamente, la lógica de los griegos (mantiq), que fue apreciada y estudiada con veneración y desarrollada, pues se vio en ella un instrumento eficaz para fundamentar el saber, y precisamente sobre ella los musulmanes erigieron las ciencias del Islam, desde la gramática al derecho pasando por la crítica de los textos (ciencias del hadiz), etc.

De hecho, el Islam es una cultura del debate, y en su seno surgieron escuelas y corrientes variadas, y que son respetables siempre que fundamenten sus pareceres en criterios sólidos y serios. Y es porque se entendía que la diversidad es fruto del uso del entendimiento (el iŷtihâd, el esfuerzo intelectual). El Islam no tiene interpretaciones, sino reflexiones y expresiones basadas en la multiplicidad misma que está en la raíz del ser y de la existencia. La discrepancia no es una verdad o una esencia, sino que es pura biología, y es riqueza y exuberancia. La razón no es fanática ni exclusivista, sino discusión y pugna creadoras, aunque muchas veces pueda ser agria o vehemente.

Y por ello mismo, reglar los debates fue también una prioridad que llevó a la aparición de obras maestras que constituyen todo un género en la literatura islámica y en las que la racionalidad, la prudencia, el espíritu crítico, la participación y la tolerancia, eran los ejes sobre el que mantener discusiones fecundas. El estudio de las cortesías que deben regir las polémicas fue parte del currículum de los estudiantes del Islam hasta hace un siglo, e incluso se versificaron para facilitar su retención, como en el caso de la famosa Manzûma de Tâsh Kubrà, de validez reconocida y parte de los estudios considerados imprescindibles. En esas obras dirigidas a principiantes siempre se hacía espacio para un resumen de los principios básicos del pensamiento lógico.

Y fue necesario reglar los debates porque el valor dado a la razón llevó al extremo indeseable -tal como sucedió también en Grecia- del sofisma y los excesos y extravagancias en las polémicas. La razón pareció arrogancia y vanagloria, un artificio alejado de toda espontaneidad, que constantemente conducía a callejones sin salida. El gusto por la retórica -arte también muy desarrollada en el Islam- corría el peligro de sustituir a la razón al perderse por los laberintos de los juegos de palabras huecas. Hubo confusión entre razón y sofisma, y de ahí que apareciera cierto desdén hacia las ciencias teóricas y especulativas. El Imâm al-Gazâli, para quien la razón es la luz imprescindible para guiarse debidamente, lo observó, y escribió en el Ihyâ, su obra mayor:

 

Si preguntas: ¿Qué pasa con algunos sufíes que son reticentes a la razón y rechazan lo racional?… Has de saber que la causa es que las gentes mencionan los términos ‘razón’ y ‘lógico’ en las polémicas y en la vanidad de las discusiones con las que sólo se busca confundir y derrotar al contrincante con argumentaciones complejas y artificiales, y esta actitud es frecuente en la Especulación. Ellos -los sufíes- no pueden ni aprobar esas trivialidades ni demostrar ya que hay un error en el uso de la palabra ‘razón’. No pueden borrar de los corazones la connotación que ha surgido de un empleo firmemente arraigado del término.

Por ello, critican la racionalidad, pero en realidad se refieren exclusivamente al uso abusivo que hace el común de la gente en estos tiempos. Pero en cuanto a la luz con la que Allah alumbra al ser humano y con la que éste Le conoce y reconoce la sinceridad de Sus profetas, ¿cómo podría pensarse que la censuran? Es Allah mismo el que ha elogiado la inteligencia, y si se desprecia lo que Él estima ¿qué quedaría que fuera digno de ser enaltecido por los hombres?

 

En el sentido que expresa el Imâm deben ser entendidas las objeciones que se hicieron a la razón y a la lógica. Sus palabras son el contexto adecuado e iluminador para entender las reticencias que se plantearon, y no como si se hubiese abierto un conflicto insuperable entre razón y fe, que es, sin embargo, el trasfondo que quisieron ver (por proyección) algunos orientalistas, y con el que se justifican los que hoy predican la sinrazón entre los musulmanes. No hubo jamás una posición cerrada a la razón, como algunos quieren hacernos creer, porque eso hubiera sido atacar  al Corán y a la Sunna en su raíz misma, en sus enseñanzas más elementales. Sin embargo, en la actualidad se ha optado por dar un carácter absoluto a las impugnaciones de los autores que presentaron sus quejas ante los disparates de los sofistas, como si la oposición a la razón fuera un principio de salud de la fe. Y esto ha calado en sectores amplios.

En la actualidad, la prevalencia del discurso emocional, abiertamente contrario a la racionalidad, es producto de la confluencia de múltiples factores. Uno de los más importante: la profunda decadencia intelectual de los musulmanes,… y la salida más fácil para los ulemas, de formación generalmente pésima, es la de apelar a los sentimientos con una vehemencia que disimula su ignorancia y que condena a la mayoría de los musulmanes al infantilismo. Por ello, se apela constantemente a la autoridad (lo ha dicho Allah, lo ha dicho el Profeta) y acallar así la disidencia que pone en entredicho su capacidad para ofrecer respuestas satisfactorias. Prefieren amedrentar a su público, antes que dejar notar su mediocridad. La modestia del simplemente “no sé” típica de los primeros sabios del Islam (y por eso lo eran, ya que así promocionaban la investigación y las actitudes responsables) ha quedado definitivamente relegada al olvido. Ahora, casi todos los ulemas se consideran autorizados por unos cuantos hadices para explicar el mundo, y se presentan como expertos en todos los temas posibles. Estas actitudes, frutos también de un profundo complejo de inferioridad ante un mundo que los desborda, amenazan la seriedad del Islam, porque la banalidad está sustituyendo al rigor con el que se afrontaban los temas en tiempos de sensatez.

El rico legado musulmán tiene sobradas herramientas para contrarrestar esta tendencia al suicidio intelectual, pero exige de una altura de miras para la que no se prepara a la gente. La progresiva desconexión de los musulmanes respecto a esa herencia los expone a las arbitrariedades de mercaderes de religión que pululan a sus anchas en la mezquindad, que es el tono generalizado. Y en la globalización hay, además, una arma inesperada para la difusión de la insensatez. La mercantilización del Islam es otro factor a tener en cuenta para comprender la extensión del problema. El Islam de contenidos inteligentes cuesta más, un mayor esfuerzo, en un mercado en el que se busca lo barato, lo fácil. El estilo con el que se predica hoy el Islam delata una lamentable carencia de horizontes.

Pero, por supuesto, está, sobre todo, el deseo de manipular las mentes, de forjar adeptos, de conseguir seguidores ciegos, y ponerlos al servicio de intereses extraños. El Islam se ha convertido en cantera de fanáticos, desde el momento en que se les ha dicho a los musulmanes que dejen atrás la razón y acepten dogmas absurdos forjados en dictaduras totalitarias. Ese abuso de las buenas intenciones de muchos no es sólo maldad, es la expresión de la falta de recursos para contrarrestar las predicaciones de indeseables que saben aprovechar la ocasión del amor por el Islam para el adoctrinamiento en fascismos y en barbarie.

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